lundi, juin 12, 2006

Contra la Pornografia.














Tram en Amsterdam. Foto Ricardo Tapia.

La Europa progresista tiene una deuda enorme con los llamados Países Bajos; fue aquí que se gestaron los primeros intentos por legislar sobre el aborto, la prostitucion, las drogas y tantas otras cosas.
La capital de Holanda se convirtió en sinónimo de tolerancia, el símbolo de un país que comprendió al fin que debía tratar a su población adulta como lo que es.
Un reflejo de esta emancipación la encontramos en el Barrio Rojo, una vía pública por la que se transita libremente, un perímetro donde habitan también familias, ancianos, vamos, un barrio mas de esta ciudad homogénea con una pequeña particularidad.
Según parece, los comerciantes del Barrio Rojo y las autoridades de la ciudad no repararon en un detalle: este de que la libertad suele venir ensombrecida por el exceso.
Se trata de un fenómeno que podemos observar en la Christopher Street de Nueva York, en el Blvd. Clichy de Paris o peor aun, en la Televisión y en cada kiosco de Barcelona; me refiero a la delgada línea que media entre la libertad y su opuesto.

Desde temprana edad fui un consumidor voraz de pornografía, primero por su alto contenido didáctico y luego por puro y mero placer. Desde ese entonces he tenido algo muy claro y es el derecho inalienable que tenemos todos los amantes de la pornografía a consumirla. Estoy convencido de que tanto la pornografía, como el alcohol o la droga deben existir, el hecho de que haya miles de tiendas con películas y mercancías sexuales es sin duda un triunfo de la libertad, una batalla que desafortunadamente han perdido las drogas frente a la obcecación de la autoridad por tutelar un bien que no le corresponde. La pregunta es la de siempre: ¿Hasta donde el Estado es responsable de lo que yo decido hacer con mi cuerpo?.
La libertad radica en el albedrío y cualquier forma de prohibición atenta en su contra.
El problema viene como ya lo dije en el exceso.

Ponía el ejemplo de esta calle New Yorkina, una calle del Village, famosa por sus antros gays y sus Sex Shops: Si hoy en día se pueden comprar todo tipo de artilugios sexuales a la vuelta de la esquina, es en apariencia un síntoma inequívoco de la evolución social.
Menudo sofisma.
El hecho de que la pornografía exista y esté a nuestro alcance no quiere decir de ninguna manera que deba mostrarse explícitamente, la exhibición es precisamente su antítesis; un terreno donde acotamos la libertad del otro.

En Barcelona el problema es mas complejo, ahí la pornografía se puede adquirir en cualquier kiosco.
Domingo por la mañana y el hombre sale en busca del periódico, su hijo le acompaña y lo que encuentran en primera línea es un DVD cuya portada luce un vergón antológico y una mujer con el rostro cubierto de semen, pero hay algo peor, en Barcelona existen cuatro cadenas de televisión pública (abierta, gratuita) que emiten pornografía dura después de las 2 a.m.
El hombre escucha ruidos en la habitación contigua, camina hasta ahí y encuentra al pequeño insomne viendo la televisión.
El razonamiento es el mismo, que Canal Plus tenga un canal porno es extraordinario, el voyeurista empedernido se abona a la cadena, paga su cuota mensual y recibe a cambio un código con el cual acceder a su pasión, ¿ Porqué exhibirlo en la calle?.

Paseando por el Barrio Rojo de Ámsterdam me encuentro con la misma escena lamentable y no es porque las famosas putas cobijadas por su vitrina estén casi desnudas, sino porque toda la parafernalia sexual que les rodea a lo largo y ancho de esa vía púbica, cuelga de los grandes escaparates; basta con dar unos pasos para observar todo tipo de felaciones y penetraciones anales.

Si como bien apunta Savater, la tolerancia es: Que te guste que haya cosas que no te gustan, podríamos pensar que esto que tanto nos gusta le disgusta profundamente a otras personas y es en este punto donde la libertad se vuelve en nuestra contra.

Ricardo Tapia
Ámsterdam, Holanda.
30/06/05